| dc.description.abstract | El vertiginoso desarrollo de la tecnología que se ha producido en las últimas décadas y la
actual interconexión mundial han transformado sustancialmente la sociedad, que, en gran
medida, se ha vuelto mucho más dependiente de la tecnología. Este proceso de
transformación, que se puede considerar estructural, ha sido aún más acusado en los
últimos años.
Aznar (2017) plantea que este proceso es imparable. Un cuantioso número de
acciones que anteriormente se realizaban en el mundo físico, ahora se llevan a cabo en el
entorno virtual. El progreso tecnológico está cambiando la esencia de numerosas
actividades sociales y está ampliando el abanico de oportunidades económicas y
financieras. Todo ello está contribuyendo indudablemente al progreso de la sociedad y al
crecimiento económico.
Sin embargo, el actual contexto que ha generado el progreso tecnológico se
caracteriza por su complejidad, puesto que para el ciudadano medio es complicado
abarcar y comprender todos los elementos asociados a la tecnología, su alcance y sus
consecuencias. Esta situación puede ser aprovechada por elementos hostiles que utilicen
estrategias híbridas para minar la confianza de la sociedad (Gobierno de España, 2020).
En consecuencia, el desarrollo de la tecnología también está alterando el ámbito de
la seguridad. Según Hernández (2018) y Quintanal (2015), las amenazas y riesgos
tradicionales se han globalizado, puesto que han traspasado los límites de su anterior
entorno, delimitado por un perímetro físico. Ahora tienen la capacidad de afectar a
cualquier zona geográfica.
Las amenazas y riesgos actuales son globales y constituyen un desafío para la
sociedad, puesto que se ciernen sobre la seguridad, que es un bien público que ha de ser
suministrado por el Estado. Según Varian (1991), los bienes públicos son elementos
compartidos por todos los ciudadanos, cuyo consumo es indivisible, y del que no se puede
excluir a ninguno. En consecuencia, el Estado es el responsable de la gestión de este bien. | es |